No, no me gusta usar comida para los juegos eróticos… Si hay que comer algo se come, pero que sean partes del cuerpo. Una vez usé miel y creo que aún estoy pegajoso. Respeto mucho a quien le gusta y quien lo hace, pero a mí no me agrada.
¿Que por qué empieza esta historia así? Porque una de mis pasiones gastronómicas (no sexuales) son los helados y, más precisamente, por la chica que los servía en mi heladería favorita: Lorena.
“Para variar 1”, 12 años más joven que yo, con un largo pelo castaño que se recogía siempre en su característica coleta alta. Unos ojos color miel que, en verano, se ponían verdes y, junto con su piel morena por el sol, destacaban más.
No era alta, sobre 1’50; esbelta y con cuerpo atlético, sin perder curvas. Cuando la conocí era invierno y al ser tan friolera, siempre iba con un polar largo puesto con el logo de la heladería, pero al llegar el verano ese polar desapareció marcando sus enormes pechos con la camiseta ajustada de su uniforme.
Sus piernas y su precioso culo se perfilaban perfectamente en los leggins que usaba y toda persona que iba a por helados la miraba. Más de una vez he visto a un chico llevarse un codazo porque su pareja le había sorprendido mirando fijamente a Lorena.
Pero todo esto no era lo más impresionante. Para mí eran 2 cosas:
La primera y más increíble era que, teniendo 12 años menos, era el doble de madura, inteligente y estimulante, mentalmente hablando, que yo; y ojo que yo me considero muy maduro.
La segunda era esa vocecita tan dulce que poseía y que, cuando decía un por favor, hacía que se te derritiera el alma haciendo imposible negarle algo:
– Jo, pues hoy me toca turno de mañana y tarde. Mi compañera tiene el cumpleaños de su hermano pequeño y lo necesitaba. No me he podido negar. Y ni me he traído comida siquiera.
– Yo te traigo algo de comer si quieres – dije mientras miraba la vitrina intentando elegir un sabor de helado para llevarme una tarrina.
– Pero, ¿la vas a hacer tú? – me preguntó mirándome por encima de sus gafas.
– Sí, hoy me toca cocinar a mí en casa, que vienen mis padres. Voy a hacer paella.
– Si viene con un poco de alioli, la acepto.
– Vendrá – le dije-. Ahora ponme una tarrina de 1 litro de vainilla con cookies.
Mientras se echaba hacia delante en la nevera de la parte de atrás para servir la tarrina, Lorena se puso de puntillas para llegar mejor. En ese momento su perfecto culo se dejó marcar más en sus pantalones de licra, y cuando digo “perfecto” es que lo es.
Su ridículo tanga se dejaba entrever entre el material elástico y sus redondos glúteos me hacían no poder desclavar mis ojos de ella. Benditas gafas de sol que me ayudan a disimular, pero lo que no se podía disimular era la enorme erección que me había provocado.
Me fui a casa a preparar la comida pensando en el culo de Lorena. Se notaban las horas de gimnasio que echaba y, como ahora la moda de los culos grandes está a la orden del día, ella la seguía, y por mí encantado.
Cuando preparaba el arroz en la cocina mis padres llegaron a casa para comer, y mientras terminaban de poner la mesa, yo hice el alioli de leche, una de mis especialidades. Llené un tupper con una buena ración de arroz, un vasito de plástico con alioli y bajé a la heladería a llevárselo:
– ¿Ya? Qué rápido eres – había pasado casi 1 hora y no se había dado cuenta-. ¡Madre mía! ¡Cómo huele eso, ¿no?!
– Toma, ya me contarás qué tal está – le dije mientras le daba el plato.
– ¿Y el café?
– ¡Ah! Que encima te tengo que traer yo el café… pensé que tendrías la decencia de invitarme tu a uno… o al postre – lógicamente lo de postre iba con otra intención.
– Pues me parece bien. Pásate a las 5 que salgo y nos vamos a tomar algo, pero helado no por favor.
No me podía creer que hubiese aceptado tan fácilmente, la verdad es que, con el tonteo que solíamos tener, nunca se lo había preguntado de verdad, y mira por donde…
Me fui a casa, comí con mis padres y se marcharon. Después me metí en la ducha. Estuve tentando de masturbarme para no ir con mi habitual estado de salidez, pero me contuve. Pensé que si llegaba a casa demasiado excitado después de la cita, podría hacerme una paja pensando en ella. Una de esas pajas que se quedan para el recuerdo, así que me vestí después de secarme y perfumarme y me fui a la heladería.
– ¡Joder, tío! Vienes de punta en blanco y yo mira – abrió la cremallera de la chaqueta negra que llevaba puesta y me enseñó su camiseta completamente manchada de café, aunque con esos pechos tan enormes y turgentes, poco me fijé-. Un niño se me ha cruzado cuando iba con la bandeja y me he derramado el café encima.
– ¿Te acerco a casa, te duchas y te cambias?
– Pues te lo agradecería, sí. Aunque ropa para cambiarme tengo aquí – contestó.
– ¿Y si te duchas en mi casa?
Se quedó mirándome sin saber que decir con la boca entre abierta y sus ojos clavados en los míos.
– ¡Venga! Que ya somos mayorcitos – añadí -. Te espero en el salón. Tengo toallas, secador de pelo, cepillo y hasta la casa limpita de esta mañana.
Se echó a reír y, aún sin estar convencida del todo, dijo:
– Venga.
Subiendo en el ascensor, Lorena se miraba la enorme mancha de café de la camiseta y resoplaba un poco enfadada. Yo, para quitarle importancia al asunto, miraba al espejo y le decía que no se preocupase, que esa mancha se lavaba fácilmente.
Entramos a casa y curioseó conforme avanzábamos hacia el salón:
– No sabía que vivías tan cerquita.
– Pues sí, te lo dije. ¿No me creías o qué?
– A ver… sabía que estabas cerca al verte tantas veces cada día, pero no me imaginaba que tanto.
– ¿Pensabas que pasaba por allí solo para verte? Ummm, qué creído te lo tienes – contesté.
En el salón de mi casa había dos cámaras de fotos en sus trípodes porque había estado sacando unas tomas a mis padres, que las necesitaban para mandarlas a unos familiares , y ella casi tropezó con una de ellas.
– ¿Haces fotografías?
– Sí – contesté-. Pero de forma amateur. No soy profesional.
– Luego me enseñas algunas, ¿vale?
– ¡Claro que sí!
Lorena me miró con una sonrisa y me preguntó por el baño. La acompañé y le di toallas limpias, una esponja nueva y le indiqué cómo funcionaba la ducha último modelo con masaje, aunque ni yo sabía usarla aún.
– ¡Madre mía! ¡Cuánta presión tiene el agua de tu casa! – exclamó.
– Sí, ten cuidado no te des en un ojo con el chorro gordo que a mí me pasó y me dolió durante días – dije mientras me reía.
Salí del baño y me fui al salón a esperar que terminase. Encendí la TV y me hice un café mientras la esperaba sentado en el sofá. En la tele apareció una película de superhéroes que me gustaba y la dejé. Me quedé dormido, juro que menos de un segundo, y cuando abrí los ojos era casi de noche, la televisión mostraba otra película y Lorena estaba tumbada a mi lado y me rodeaba con un brazo dormida profundamente también.
¡Pobre chica! Estará agotada de trabajar, pensé.
Me levanté con cuidado de no despertarla y la tapé con una manta. El café seguía encima de la mesa. Eran cerca de las nueve y media de la noche, así que me fui al dormitorio a hablar por teléfono. Pedí dos pizzas y un plato de pasta carbonara para que pudiera elegir. Abrí una botella de vino y la dejé aireando en la cocina.
Cuando pasé a su lado me fijé en ella. Tenía su sempiterna coleta alta y dormida estaba preciosa. Poseía una respiración fuerte que le hacía hinchar más sus enormes tetas y su postura era perfecta para distinguir claramente cada curva de su cuerpo.
Cogí la cámara de fotos que tenía al lado, bajé la luz y encendí uno de los focos de luz cálida con filtro rojo que estaba en el salón rebotándolo contra la pared que había detrás del sofá donde dormía. Tomé una foto y dejé todo como estaba.
– ¿Qué miras con esa cara que se te ha quedado?
Se había despertado en ese oportuno momento.
– Tu coleta, me encanta – me pilló desprevenido y contesté lo primero que se me pasó por la cabeza.
– Tú no vayas a mirarme el culo como hacen todos, tú la coleta. ¡Qué rarito eres!
– He pedido cena – le dije con cara de tonto para cambiar de tema.
– Te he escuchado – contestó -. Quiero la pasta carbonara y también quie…
Llamaron a la puerta. Era la comida. La dejé en la cocina mientras preparaba los platos para cenar.
-… y también quiero ver esa foto que me has hecho.
-Te la iba a enseñar ahora. No pienses nada raro, ¿eh?
– Tú solo te lo dices todo.
Cogí la cámara y se la enseñé. Su cara se volvió muy seria y me dijo:
-¡Qué pasada de foto! ¡Hazme más!
-Vamos a cenar, que se enfría, luego te hago alguna, ¿vale?
Nos sentamos en la mesa del salón. Lorena no paraba de mirar las cámaras y de preguntarme cosas que yo solo sabía contestar técnicamente, pero ella me prestaba atención como si entendiera. En breve la botella de vino fueron dos.
– Venga, quiero más fotos – me dijo mientas dejaba la servilleta encima de la mesa-. Voy a arreglarme.
Se quitó la coleta y se la volvió a hacer mientras me miraba sonriendo malévolamente. Sacudió su ropa intentando quitar, si había, alguna arruga o pelusas y se sentó en el sofá.
Ella empezó a hacer poses a modo de modelo; muchas quedaban bien, otras eran cómicas y ella lo sabía porque se reía y… ¡qué risa! Tenía unos labios rosados preciosos y carnosos que mojaba de vez en cuando con su lengua y otras los mordía a modo de chica mala.
Cada tres o cuatro fotos, se acercaba donde yo me encontraba para que se las enseñase y una de esas veces nos quedamos mirando el uno al otro y nos besamos.
Fue un ligero beso, pero lo justo para saborear su boca y esos labios que me tenían hipnotizado.
Ella volvió al sofá y me dijo que siguiera haciendo fotos mientras, sin venir a cuento, se quitó la camiseta, ahora blanca, dejando al descubierto sus enormes pechos aún metidos en su sujetador de encaje blanco.
– Vamos a hacer una sesión especial – me dijo.
Sin cortarme un pelo, le tomé unas cuantas fotos y, sin casi darme cuenta, desaparecieron sus zapatos y sus pantalones. Un culote blanco a juego realzaba su, ya de por sí, gran y redondo culo. Y se puso a hacer poses sugerentes.
– ¿Estás segura de esto? Voy a tener que hacer que me firmes unos papeles para que luego no haya reclamaciones legales.
– ¿Esa cámara graba vídeo? – preguntó.
– Sí, casi 10 horas.
– Pues ponla en el trípode grabando y ven aquí.
Mi polla dio un brinco dentro del pantalón cuando vi cómo se quitaba el sujetador y las bragas mientras se tumbaba boca abajo en el sofá levantando ligeramente su culo. Yo estaba terminando de poner la cámara en el trípode, ya grabando la situación y, cuando volví a mirar, una de sus manos se había deslizado entre sus piernas mientras su culo subía y bajaba para hacer el roce más intenso. Ha sido una de las erecciones más rápidas que he tenido.
Me acerqué lentamente a ella sin saber qué hacer. Cuando llegué a su altura, Lorena, casi de un brinco, se puso sobre sus rodillas en el sofá con las piernas abiertas sin dejar de masturbarse y empezando a gemir. Entre sus dedos, ya brillantes por la humedad, se dejaba entrever una línea fina de vello que indicaba el camino a su impresionante coño acariciado por sus manos.
Sin dejar de tocarse, me cogió con una mano del cinturón e hizo que me acercase a ella. Un movimiento rapidísimo y mis pantalones cayeron al suelo. Mi polla estaba ya en su mano, la apretaba entre sus dedos mientras me masturbaba.
– ¡Qué hambre tengo!
Sin decir nada más apoyó sus deliciosos labios en mi glande y de un movimiento seco mi polla desapareció en el fondo de su garganta.
-¡Joder! ¡Qué bien! – le dije mientras le acariciaba su cabeza -. Así.
Tanto como la mano de su coño como la de mi polla, así como su cabeza, empezaron a subir frenéticamente el ritmo, mientras los sonidos de su saliva mojando mi falo se volvían más ruidosos. Notaba como la saliva resbalaba por mis huevos y su mano, soltándose de vez en cuando, bajaba para masajearlos.
Empezó a respirar y a gemir cada vez más fuerte hasta que, viendo que se iba a correr, le cogí su mano y la aparté de su entrepierna.
– Pero ¡¿qué haces?! – protestó.
– Si te vas a correr que sea en mi boca y con mi lengua dentro de ti.
– Dios, me has puesto más caliente aún. Espera.
Dio un salto y corrió hasta donde estaba la cámara, la acercó al sillón y la puso dispuesta hacia abajo. Se tumbó boca arriba en los cojines y puso sus rodillas sobre los hombros abriendo las piernas y dejando ver su rojo y abultado coño:
-A comer – dijo mirándome a los ojos.
Me puse de rodillas frente a ella y empecé a pasar mi lengua despacio y suavemente sobre sus ingles dejando de vez en cuando escurrir una lamida sobre sus labios mayores. Cuando llegaba a la zona del clítoris, movía mi lengua rápidamente de lado a lado poniéndola dura intentando que solo la punta lo rozara y cuando llevaba un rato haciéndolo y sus jadeos crecían, puse mi boca en forma de “O” y lo succioné fuertemente dejándolo dentro de mi boca. Mientras se hacía el vacío mi lengua seguía haciendo su trabajo y, cada vez que lo succionaba, un fujo interminable salía de su coño y llenaba de tal manera mi boca que me obligaba a bebérmelo todo.
-Me estoy corriendo en tu boca, Andrés – gritaba desesperada-. ¡No puedo parar de correrme, dios!
Lorena arqueaba la espalda, pero lejos de retirarse, apretaba cada vez más su coño contra mi boca mientras jadeos, gritos, “dioses” y “me corros” salían de su boca.
Justo en el instante que más arqueaba su espalda y más apretaba mi boca contra ella un grito de placer ininteligible salió de sus labios, terminando con un “hijo de puta”. Retiré mi boca de su coño:
– Me pone demasiado que me insultes cuando te estás corriendo en mi boca – le dije mientras aún lamía mis labios intentando beberme hasta la última gota.
Ella no decía nada, solo estaba con los ojos cerrados boca arriba en el sofá, con las piernas todavía ligeramente entreabiertas, jadeando e intentando empezar a respirar con normalidad.
– Cabrón, eres un cabrón. Cómo comes el coño.
La miré y vi que un tenía en su entrepierna mucha humedad y volví a acercarme a terminar de limpiar y recibir mi premio.
– Esto es lo mejor – le susurraba mientras lamía todo de abajo a arriba -. No voy a dejar ni una gota.
– Cabrón – repetía una y otra vez -. Sabes que lo haces bien y te aprovechas.
– Bueno, como tú. Sabes que estás buena y nada, aquí estamos – contesté mientras lamía mis dedos aún llenos de sus fluidos.
– Míralo el cerdo. Si es que encima le gusta.
– Yo, si fuese por mí, no habría ni penetración, solo placer para ti.
– ¡Sí, hombre! ¿Y tú?
– Yo después, si hay tiempo y ganas… y si no… – contesté mientras hacía el gesto de hacerme una paja.
– De eso nada, túmbate ahí que te voy a recompensar.
– ¿Tú de verdad me quieres recompensar, Lorena?
– Por supuesto.
– Pues entonces… – le dije tumbándome bocarriba en el sofá después de quitarme la ropa-, ven aquí, siéntate en mi cara y fóllame la boca.
Sus ojos se pusieron como platos y su boca se entreabrió mientras yo empezaba a pajearme. Ella, de nuevo, cogió la cámara y la puso justo enfocándome a mí mientras se sentaba sobre mi cara.
Se sentó a horcajadas sobre mi cabeza y cuando yo miraba hacia arriba, veía su línea de vello púbico rozando mi nariz, su ombligo del que colgaba un piercing con un ojo de Ra, sus enormes y turgentes tetas que tapaban su cara y, cuando se reclinaba hacia delante, su cara de placer.
– Te voy a ahogar.
– ¿Y a qué esperas? – contesté.
Empezó con un suave movimiento de delante hacia atrás sin rozar muy fuerte su coño contra mi boca. Notaba solo un ligero roce sobre mis labios, un roce muy caliente y húmedo que llevaba hasta mi nariz un delicioso olor dulzón. Moví mi cabeza para rozarla y grabarme ese olor permanentemente.
Con mi mano había empezado a masturbarme lentamente y con la otra agarraba con fuerza el culo de Lorena, acariciando su tersa piel, que se notaba erizada por la excitación.
Apreté más su culo para hacer más fuerza y hacerle notar que quería que lo hiciera más rápido.
– Estoy chorreando – me dijo.
– Y más que lo vas a estar. Fóllame la boca como si estuvieras cabalgándome la polla.
– Ufff, que caliente me pones, Andrés. Te vas a enterar.
Poco a poco los movimientos de sus caderas iban creciendo mientras el roce contra mi boca era cada vez mayor. Sus manos agarraban mi cabeza y colocaba sutilmente mi lengua donde ella la quería. Con cada embestida su redondo culo y sus preciosas tetas rebotaban de la turgencia que poseían y sus pezones, a los que yo no podía quitarles los ojos de encima, crecían y se endurecían.
Dejé de masturbarme porque si no, iba a correrme de un momento a otro y todavía no quería, así pude usar mis dos manos para coger su redondo trasero y apretarlo más contra mi boca a la vez que estrujaba aquellos glúteos tan duros.
El movimiento, los jadeos y la respiración agitaba seguían creciendo y un “come, hijo de puta” se escapó entre sus labios.
– Grita, no te cortes. Quiero oír todo lo que pasa por tu cabeza – le dije mientras aparté un segundo su coño de mi boca, volviendo enseguida a comérselo y a succionarlo.
– Calla y come, cabrón. Cómemelo que me voy a correr.
Una de mis manos volvió a mi polla para volver a pajearme. Algunas gotas ya habían salido de él debido la excitación tan grande que sentía.
– ¡Ah! Sí, por dios. Cómeme el coño así. ¡Come, come…! ¡Chúpalo, por favor!
Esas palabras solo conseguían ponerme más y más caliente haciendo que mi lengua, sus caderas y mi boca se juntasen todo en uno a una velocidad vertiginosa, sintiendo como sus fluidos estaban ya prácticamente en toda mi cara, regándome de placer.
– Me voy a correr… ¡Me corro! ¡No puedo parar de correrme, Andrés! ¡Toma, toma, todo para ti! – gritó sin cortarse.
Noté, además de escuchar, como un chorro de fluido salió de entre su coño mientras apretaba lo máximo que podía mi boca contra él. Yo rodeé toda su entrepierna con la boca y succioné todo lo que pude, lo que hizo que Lorena empezase a temblar y a tener convulsiones del placer mientas una larga lista de “hijos de puta”, “dioses”, “hostias” y “bébetelos” salían descontroladamente del fondo de su garganta.
Se quedó lo más quieta que pudo hasta que dejó de temblar, dejándose caer hacia atrás con su respiración fuerte y entrecortada que se volvía algo arrítmica cuando algún resquicio de su orgasmo quería recordarse en la punta de su clítoris.
Yo no me moví, no dije nada, solo acariciaba con la punta de los dedos las preciosas curvas de su cintura, de sus tetas, de sus caderas y de sus piernas.
Un “ummmm” se escuchó y enseguida noté como se incorporaba y, sin darme cuenta, en menos de un minuto mi polla desapareció dentro de su coño entrando fácilmente debido a lo mojada que seguía.
– Esto no puede ser. Esta polla está muy dura. Hay que hacer algo para que baje que, según los médicos, las hinchazones de este tipo no son buenas.
Con los pies adelantados apoyados en el sofá y sus brazos cogiendo mis piernas, empezó a cabalgar violentamente mi polla. Estaba demasiado excitado y sabía que iba a durar muy poco ya que con tanto pajearme no había dejado casi nada para después.
– Dios, que me voy a correr, Lorena.
– Ummm… ¡Genial! Pero mejor así.
Sacó mi polla rápidamente de su coño.
– Ponte de rodillas – ordenó, y yo obedecí.
Ella se puso a cuatro patas, pero con su cabeza frente a mi polla. La miraba con lascivia.
– Si yo me he corrido en tu boca, tú te vas a correr en la mía – me dijo mientras cogía mi mano y hacía que le agarrase la coleta -. Úsame.
Empecé a mover las caderas y a follarle la boca poco a poco marcando el ritmo gracias a tener su pelo entre mis manos. No quería apretar demasiado para no perder la excitación del momento, pero ella se sacaba la polla, muy llena de saliva, y decía “más fuerte”.
Seguía subiendo el ritmo y cuando me quise dar cuenta le estaba follando la boca literalmente como si de un coño se tratase. Los sonidos que salían del fondo de su garganta eran una mezcla de placer con líquido y, al intentar bajar el ritmo, ella lo volvía a subir, así que me dejé llevar sin medir las consecuencias.
Cuando estaba a punto de correrme, tiré de su pelo hacia atrás sacando mi polla del fondo de su garganta y con la otra mano me la agarré pajeándome frente a su cara.
– Vamos, córrete, cabrón. Lléname la cara de leche rica – decía jadeando de placer-. Quiero tu corrida, hijo de puta – gritaba.
No me había dado cuenta, pero se estaba masturbando y debía de llevar un buen rato porque volvía a chorrearle el coño.
Eso hizo que la excitación fuese tan grande que un gran chorro de semen salió de mi polla llenando casi toda su preciosa cara, roja por el calor del sexo. Cuando dejó de salir el primer chorro, volví a meter mi polla en su boca y terminé de correrme en su interior. Me palpitaba el glande como pocas veces lo había hecho y, como es habitual en mí, me corrí en gran cantidad. Yo gritaba de placer aguantándome dentro de los labios un “come puta”, que tanto me gusta y que después de aquel polvo le dije muchas veces cuando hubo más confianza. Solo se escuchaba el sonido de su garganta al tragar.
Se tumbó boca arriba y siguió chupándomela un rato más mientras se la pasaba por la cara jugando con el semen que aún tenía en ella y llevándoselo a la boca.
– Hay que ser una mujer limpia – se reía –. Y, ¿sabes lo mejor?
– ¿Mejor que esto? – contesté.
– Sí, mucho mejor – me dijo mientras señalaba la cámara que no dejó de grabar en ningún momento -. Que ahora vamos a follar viendo todo lo que hemos hecho mientras la otra cámara nos graba también.
1 A mí las mujeres me gustan mayores que yo, pero casi siempre he estado con más jóvenes.











