Ella me lo pidió.
Yo no quería porque sabía que tarde o temprano iba a empezar a sentir algo por mí y era buena chica.
Ángela era una muchacha de la parte sur de Granada. Me identificaba mucho con ella porque ambos nos habíamos criado en pueblos pequeños y nos gustaba eso. Odiábamos las grandes ciudades y las aglomeraciones de gente. Nos gustaban las cosas sencillas, aunque yo viviese en la capital actualmente.
La conocí por casualidad, hablando sobre gastronomía en las redes sociales, pero viendo que era la típica mujer que se “encariñaba” a las primeras de cambio con cualquiera que le ofreciese un poco de conversación decidí poner un poco de tierra de por medio y dejar más tiempo entre conversación y conversación para evitar malos entendidos.
De vez en cuando le dejaba caer que yo no quería relaciones. De hecho, a ella, y no sé por qué, es de las pocas personas a las que le he contado mis verdaderos sentimientos actuales y de qué manera vivo el amor.
Hablando con ella un día me enteré que su familia tenía un apartamento de verano muy cerca de donde yo vivo y que solía venir bastante por aquí. Una vez incluso sabiendo que estaba por la zona evité, con excusas baratas, quedar con ella por lo que ya os he comentado.
Ángela es una mujer con poca experiencia en el sexo, así me lo contaba. Una mujer que me parece tímida en ese aspecto además de conservadora. Yo nunca me mostré retraído con el tema y a ella parece que eso le fascinaba.
Un día le envié unos de mis relatos eróticos porque me dijo que era apasionada de la lectura. Le encantó… o eso me dijo. A lo mejor fue por compromiso, pero Ángela no me parece de esas chicas que dicen las cosas por quedar bien.
Con el tiempo le envié algunos más y mentiría si os dijera que no me la he imaginado cohibida y enrojecida leyendo mis relatos mientras su mano acariciaba su coño hasta correrse con mucha vergüenza… jadeando… gimiendo y con la boca semiabierta con sus ojos verdes cerrados, abriéndose en el instante de correrse… intentando ahogar los gemidos de sus orgasmos bajo una mordida de labios… quedándose temblorosa en el sofá con el móvil en la mano aun con el texto a medio leer.
El otro día, después de unas semanas sin hablar con ella, subí una fotografía a unos de mis reels de Twitter donde se hablaba del “cunnilingus hawaiano” y ella, viendo la ilustración, me comentó que no le gustaría morirse sin probar eso… Me contuve para no soltarle un “ven que te voy a comer el coño hasta que te corras con mi boca” y menos mal que lo hice porque volvieron a salir los “no me gusta el solo sexo” o “solo quiero sexo estando en una relación” … y como no volví a cambiar de tema.
—Yo es que no encuentro a nadie. Solo te conozco a ti y el resto que me tiran la caña me dan asco.
—Mujer, alguno habrá, Ángela.
—¿Que me gusten? No.
—Pero para que te hagan el cunnilingus hawaiano no hace falta que sea un novio, conque te atraiga físicamente…
—Estamos en las mismas, Andrés —contestó mientras pensaba para mí que ese pensamiento era un poco anticuado —. Yo no sé llevar solo una relación de sexo… al final me termino pillando.
La comprendía perfectamente porque yo había sido así tiempo atrás… y en cierto modo lo sigo siendo. Solo he conseguido separar sexo de amor porque estoy enamorado de una persona con la que sé que nunca voy a poder volver a estar y el resto de mujeres que pasen por mi vida solo van a ser sexo mientras siga pensando en mi “amor pasado”.
—Bueno, a ver si encuentras a alguien — le dije —… ojalá, de verdad — reiteré mientras venía a mi cabeza la canción de “Buena chica” de Los Secretos.
—¿Cómo llevas la pandemia? ¿Te han puesto ya la vacuna? —me cambió de tema.
— No, todavía no… creo que tardará porque no soy factor de riesgo ninguno.
Estuvimos hablando largo y tendido sobre cómo iban nuestras vidas… pero no podía quitarme la idea de la cabeza de que Ángela se masturbaba con mis relatos, así que le mandé otro.
—¡Qué ganas de leerlo, Andrés! —me dijo
—Ya me contarás qué te parece. Espero que “lo disfrutes”.
—Vale, ya te diré…cambiado de tema…— titubeó — La semana que viene voy por Rincón de la Victoria.
No sabía qué contestarle, pero, en fin. Ya teníamos cierta confianza y como teníamos las cosas claras el uno sobre el otro, decidí quedar.
—Pues ya va siendo hora que nos conozcamos, ¿no? ¿Quedamos para que conozcas esa pizzería de la que te hablé?
—¡Sí! Quiero probar esa pizza tricolore que me enseñaste en la fotografía. No me la quito de la cabeza
[…]
Quedé con Ángela en la puerta de la iglesia de Rincón de la Victoria. Era una tarde ya calurosa de principios de mayo. Llegué con el coche y la vi sentada a lo lejos en uno de los bancos que había en la plaza. Iba vestida con una blusa negra transparente que dejaba ver sus hombros con un palabra de honor negro también con un ligero escote.
Un peinado clásico con una felpa que le sujetaba el pelo y unos labios rojos que, sabiendo de dónde venía y cómo era, no me cuadraban con su forma de ser, pero le quedaban muy bien.
Sus vaqueros apretados dejaban notar sus curvas que me encantaron.
Además, tenía el detalle de llevar las gafas puestas, las de ver, y recordé que una vez le dije que le quedaban muy sexys… “Armas de mujer” pensé, pero de sobra yo sabía que no iba a pasar nada.
“Ya empezamos” volví a pensar tediosamente ya que no llevaba ninguna gana de intimar con ella, solo de conocerla y de echar un buen rato… en fin, tendría que sortear ese tema como pudiese en caso de que saliera a la luz.
—¡Dame dos besos, Angelita! Ya tenía yo ganas de conocerte —le dije nada más llegar.
Ella, totalmente cortada, me dio los dos besos y un abrazo.
—Es verdad… tanto hablar por las redes sociales y aun no nos conocíamos—decía bajando la mirada — Ya era hora — dijo con acento granadino.
—¡Te has puesto las gafas sexys! — se echó a reír y se puso roja —. Te quedan estupendas, ya te lo dije.
— La verdad es que te hice caso y me he acostumbrado. Mucho más cómodo que ponerme a diario las lentillas.
La cogí del brazo y empezamos a caminar en dirección a la pizzería mientras hablábamos de lo que habitualmente solíamos hablar.
Una vez allí nos sentamos en la mesa que teníamos reservada y estuvimos conversando toda la velada: Trabajo, familia, problemas, pandemias, lectura, cine, música, recetas, … de todo un poco. De vez en cuando dejábamos salir algún detalle sexual, sobre todo en referencia a mis relatos, pero nada importante… eran más “detalles de humor picantes”
Cuando estábamos tomando el postre, ella unas canolas de chocolate y yo mi amado tiramisú le dije:
—¡Qué rico está este postre! Es que me gusta mucho el tiramisú. Es de mis platos favoritos.
Ángela empezó a reírse y casi se atraganta
—¿Qué te pasa? ¿de qué te ríes? — le pregunté.
— Iba… iba a …. — titubeó —. Iba decirte que postre bueno el que te iba a dar yo si tú quisieras en mi apartamento… que me he venido sola, jajajajajaja — su risa era nerviosa —, pero como ya sé qué opinas y demás sobre eso me callo.
—¡Anda, hija! Y pensar que el pervertido de los relatos era yo… esa frase es buena para empezar uno, por cierto: “Postre bueno el que te daba yo”… me lo apunto para futuras referencias.
Nos reímos los dos, uno más nervioso que el otro.
— Ángela, ya sabes que…
— No, no — me interrumpió —. No te preocupes, se lo que piensas sobre nosotros y no quiero incomodarte.
— Tranquila, no me incomodas, ni mucho menos, solo que me caes tan bien que no quiero malos entendidos.
Terminamos el postre y regresamos a la plaza de la iglesia. Me ofrecí a llevarla a casa en coche y declinó. La verdad es que vivía justo al lado… igualmente la acompañé a la puerta, le di dos besos y le dije que la llamaría mañana para volver a quedar.
Regresé a casa muy pensativo y me encontré con mi nueva vecina que acababa de instalarse, la saludé y entré a mi casa.
Esa noche soñé con Ángela.
Soñé que sacaba mi polla del pantalón debajo del mantel de la pizzería mientras hablábamos y me pajeaba delante de todo el mundo sin que nadie se diese cuenta mientras me miraba a los ojos con sus gafas sexys; de cómo se metía debajo de la mesa y me hacía una impresionante mamada mientras agarraba mis manos y me hacía cogerla del pelo.
Soñé como me dejaba correrme encima de sus piernas, de sus tetas y de su cara mientras sus ojos solo pedían más y más con mucho vicio, un vicio que yo sabía que nunca iba a tener.
Soñé como me la follaba a cuatro patas en el rellano de su escalera y de cómo solo salían gemidos y gritos del fondo de su garganta.
Desperté.
Eso sí, me desperté tan caliente que me tuve que masturbar dos veces pensando en ella para volver a conciliar el sueño.
¿Es que algo había cambiado? No, para mí no, yo solo quería sexo, pero ella no. Ella quería algo más.
Sobre medio día, Ángela me llamó por si quería que quedásemos a comer. Le dije que no porque tenía cosas que hacer, entre ellas comprarle algún detalle, pero si acepté a tomar un café en su casa. Me comentó que había algo que quería darme y por eso quise corresponderle con otro regalo.
Como sabía que ella siempre había estado un poco cohibida con el tema del sexo y por ser tan “clásica” en esos aspectos, pensé que le iba a regalar un juguetito sexual. Es un regalo típico mío que suelo hacer y sobre todo a gente a la que aprecio.
Sinceramente y aunque no lo creáis lo hacía para que ella explorase un poco más su sexualidad y así, quizás, y solo quizás, abriera un poco más su mente y consiguiera poder separar el sexo del amor… aunque lo veía realmente difícil.
Me dirigí a mi sex shop habitual y le expliqué a Martika, la dueña, la situación. Ella siempre sabía acertar en este tipo de momentos. Le dije que fuese un buen regalo y me preparó una caja con varios juguetitos sexuales, algunas telas de seda para soft bondage, una colección de lubricantes, antifaces, un precioso juego de spanking en cuero negro, así como algunas pinzas para jugar en las zonas donde quisiera.
Lo preparó todo meticulosamente en una gran caja dorada para regalo adornada con un precioso lazo rojo. La metí en una bolsa y me dirigí a casa de Ángela.
Cuando llegué a su piso sobre las 4 de la tarde, nos saludamos con dos besos y nos sentamos en su sofá desde donde se podía ver el mar, el precioso mar del que estoy tan enamorado
Ángela había preparado el café y había traído pastitas y dulces de una confitería muy conocida de la zona. Echamos una tarde muy amena y entretenida hablando de nuevo de cine y de literatura que tanto nos gustaba a los dos.
—Bueno, ¿qué es eso que querías darme?
—¡Ah es verdad! Casi lo olvidaba… — no sonó muy convincente —. Cuando yo te diga cierras los ojos, ¿vale?
—¡Hecho! — contesté.
Se levantó y se dirigió hacia una de las habitaciones de la casa a los 3 minutos aproximadamente me dijo que cerrara los ojos.
Los cerré sin hacer trampas y notaba como la pasaba por delante de la ventana por el cambio de claridad que se apreciaba a través de mis parpados. Noté también un ligero olor dulzón como a flores que venía como una brisa desde la ventana.
— ¿Estás preparado? — preguntó.
— JAjajaja, claro que sí.
— Espero que te guste. Abre los ojos.
Muy pocas veces en la vida me han conseguido dejar sin palabras, pero una de ellas fue aquella tarde de café en casa de Ángela. No reaccionaba, no sabía qué hacer, qué decir o cómo actuar. Mi mente no creía lo que estaba pasando, por un lado, pero por otro se lo esperaba.
Al abrir los ojos me encontré a unos 5 metros de mi a Ángela, completamente desnuda. De pie frente a mí. Con un antifaz puesto y con las manos ofreciéndome un sobre que tenía escrita la palabra “ÁBRELO” en él.
Yo no sabía si irme, si taparla, si follármela sin mediar palabra, si enfadarme… estaba absolutamente descolocado.
Cogí el sobre y lo abrí:
“Querido Andrés:
Espero que te guste mi regalo que no es tan solo un regalo para ti sino también para mí.
Ya sabes cómo soy y qué opino sobre el sexo y que no sé separarlo del amor y es por eso que he decidido hacer esto, para ver si soy capaz de dar un pasito más en lo que a mi vida se refiere.
Si no quieres nada de esto tan solo tienes que irte.
En el momento que escuche la puerta cerrarse me vestiré y te llamaré para disculparme y tratar de explicártelo con toda la vergüenza del mundo.
Por el contrario, si decides aceptar mi regalo solo decirte una cosa:
PUEDES HACERME LO QUE QUIERAS… estoy en tus manos.
Siempre tuya.
Ángela”
Me pareció algo excepcionalmente valiente a la vez que bonito. Cómo una chica como ella y con sus ideas siempre claras decide hacer algo así. Yo, que no tengo vergüenza ni sé lo que es, me costaría hacerlo.
Durante un buen rato estuve de pie frente a ella, con mis ojos clavados en su cara, en su cuerpo, sin saber qué hacer, qué decir ni cómo actuar.
Por fin me decidí.
Me acerqué a ella puse mi mano sobre sus hombros y los acaricié bajando mis dedos por sus preciosas tetas y apreté levemente sus pezones. Un ligero gemido salió de sus labios.
Acerqué mi boca a la suya y la besé en esos labios que había vuelto a pintar en rojo para ser mi regalo de sexo y vicio.
¿Podía de verdad hacerle todo lo que quisiera? Aunque ella había leído mis relatos no creo que pudiese aguantar todo la primera vez. Decidí ser comedido.
Cuando separé mis labios de los suyos acerqué mis dedos a su boca metiéndolos y jugando con su suave lengua. Una vez húmedos los volví a pasar entre sus pezones que se pusieron muy duros. Los pellizcaba levemente entre mis dedos haciendo que su respiración se agitase por momentos. Sentía su cálido aliento sobre mi cara.
Mi pantalón y mis calzoncillos ya estaban en el suelo. Me había dejado la camiseta y mi polla se había puesto bien dura en gran parte por su olor a flores y su aroma.
Mis manos no paraban de jugar con sus turgentes pechos y cada vez que pellizcaba uno de sus pezones o los lamía su respiración se agitaba y su cuerpo temblaba.
Mientras mi boca se llenaba de sus enormes tetas, las lamía y succionaba sus pezones, mis manos acariciaban su cintura, su estómago y bajan hasta su culo. Agarraba sus glúteos con fuerza, clavando mis dedos en ellos, abriéndolos hacia afuera y apretándolos con ansia, aunque decidí tomarme mi tiempo. Tiraba de ellos hacia arriba y los dejaba caer de nuevo y era cuando su respiración, que quedaba detenida unos segundos, volvía a aparecer jadeante.
Le di un azote y otro gemido con una mordida lateral del labio aparecieron en su cara. Seguí azotándolos suavemente, aunque mis dedos aparecieron enrojecidos y marcados en su piel blanca.
Me puse detrás de ella y volví a agarrar sus pechos desde atrás mientras besaba su cuello.
Abrí la caja de juguetitos que me había preparado Martika y cogí una de las cintas de seda negra que había dentro. Le hice una coleta alta que le quedaba espectacular junto con el antifaz. Recordé que ella no podía ver nada por lo que necesitaba hacerla sentir todo lo que pudiese.
Una vez hecha la coleta levanté sus brazos por encima de su cabeza y sus pechos botaron voluptuosamente. Ahí pude ver bien sus preciosas curvas y su cuerpo plenamente. Su piel blanca que brillaba con el sol de la media tarde. Acaricié su cintura y su culo de nuevo y eso la hizo volver a estremecerse.
Le até las muñecas con otras de las cintas de seda negra, esta más larga. No apreté demasiado, pero rápidamente Ángela intuyó que no debía de moverlas al no ser que yo se lo indicase.
Volví a ponerme detrás y mientras mojaba de nuevo sus pezones con mi saliva en mis dedos. Mientras seguía masajeando sus preciosos pechos con una mano agarré mi polla con la otra y empecé a frotarla contra su culo.
Ella movía sus caderas para que el roce fuese mayor.
Abrí un poco su culo y acomodé mi falo entre sus piernas que a la vez rozaban su precioso y recién depilado coño y empecé a frotarme contra ellas… primero suave, después a un ritmo medio hasta que el movimiento se hizo brusco.
Los gemidos de Ángela eran cada vez más fuertes y su cuerpo temblaba cada vez más.
Tuve que separarme de ella porque sin darme cuenta estaba a punto de correrme y no quería. Lo que yo deseaba era disfrutar de ella, utilizarla a mi antojo, pero lo que más quería, lo que más deseaba ante todo es que ella disfrutara infinitamente más que yo para, que descubriera un mundo de posibilidades en el sexo y abriera su mente a todo lo que podría encontrar de nuevas en su vida.
Me coloqué delante de ella y bajé sus manos atadas a la altura de su coño mientras la besaba. Puse mi polla entre sus delicados dedos y empecé a mover las caderas para que me masturbara. Pero ella seguía quieta, no se movía.
— Cógeme la polla con las manos y rózala con tu coño.
Sin decir nada, ella lo hizo y empezó a gemir de placer. Mientras la acercaba notaba como el calor que emanaba en su entrepierna calentaba mi glande. Su coño se notaba muy caliente y los suaves movimientos contras su clítoris eran igual de placenteros para ella como para mí.
Retiré mi falo de entre sus manos y con mi pie le indiqué que abriera las piernas ligeramente hasta que su coño quedó ligeramente abierto. Estaba rosado por los roces que ella se había infligido como “castigo placentero” usando mi polla a su antojo.
Mojé mis dedos con saliva y empecé a acariciar la parte de alrededor del su clítoris muy suavemente. Un gemido más grande se escuchó en la habitación. Su entrepierna latía y ardía mientras temblaban sus piernas.
— Así — le dije —. Estás aquí solo para disfrutar, gemir, gritar y correrte. No te cortes.
Asintió con la cabeza.
— ¡Ay que rico! — susurró por lo bajo.
Me arrodillé delante de ella y pensé… “…y más rico que va a estar”
Con la punta de mi lengua rocé su clítoris y su cuerpo vibró hasta el punto de que sus rodillas casi se doblan sin poder mantenerse de pie. Abrí la boca todo lo que pude y metí su coño en mi boca moviendo mi lengua por todos sitios como si de un beso húmedo francés se tratase, intentando no dejar ninguna zona sin degustar. Quería sentir todo ese calor que desprendía dentro de mi boca mientras notaba el movimiento de sus caderas en mi boca.
Su coño se mojó más y sus líquidos de placer llenaron mis labios de su delicioso sabor mientras ella, entre gemidos y temblores, trataba de mantenerse de pie… pero no lo consiguió y fue cayendo poco a poco sobre sus rodillas.
Yo me acomodé sobre la alfombra boca arriba y metí de nuevo mi cabeza entre sus piernas para seguir comiéndome es delicioso coño mientras ella solo podía decir: “Si, así, me voy a correr y qué rico”.
Pasados escasos minutos su cuerpo comenzó a vibrar de una forma totalmente diferente y descontrolada mientras seguía sentada a horcajadas sobre mi cabeza. Un leve movimiento de vaivén de delante hacia atrás empezó a aparecer. Iba creciendo lentamente hasta que el roce de su coño contra mi boca era ya en toda mi cara, mojándola por completo. Me estaba follando la cara casi sin darse cuenta.
— Me corro, me corro, me corro — no paraba de decir una y otra vez mientras sus manos atadas agarraban mi cabeza y la acariciaban –. No puedo más, me corro. ¡Me corro! ¡Qué rico!
El temblor de su cuerpo se tornó en orgasmos y sus caderas apretaron más y más contra mí su entrepierna vibrante. Noté como se abultaba su coño y su clítoris dentro de mi boca y como unas ligeras gotas de placer salieron de él y cayeron en mi cara.
Se quedo completamente inmóvil mientras los gemidos se iban ahogando poco a poco.
Sin fuerzas, Ángela y cayó encima de la alfombra, con la respiración fuerte, con gemidos y espasmos de su orgasmo que aún seguía en su entrepierna. Me levanté y la miré allí en el suelo, echa una bolita de gemidos y place. Tumbada de lado mientras sus temblores seguían dándole los últimos coletazos de placer segundos después de haberse corrido en mi boca.
Mientras terminaba de correrse yo había cogido de la caja del sex shop un nuevo juguete. Esta vez un vibrador con estimulador de clítoris además de un bote de lubricante.
Le puse las pilas y lo dejé encima de la mesa.
—Ponte de pie.
Le ayudé a levantarse aun jadeando y la besé mientras la llevaba a sentarse en el sofá. Su cara quedó frente a mi polla que esteba muy dura todavía después de haberme comido su coño.
Se la acerqué a la boca, mientras con mis dedos llenos de su sabor, le abrí los labios. Metí mi falo en ella y me quedé quieto a ver que hacía. No hizo nada. No se movió. Solo sentí como se llenaba de saliva. Es verdad que podía hacerle lo que quisiera.
Empecé a mover su cabeza de adelante hacia atrás muy lentamente y ella succionaba un poco para que el roce fuese mayor. Disfrutaba de aquella boca de labios rojos ahora llena de mi verga que solo tenía ganas de llenarla de semen y de correrse sin compasión para demostrarle que realmente hacía con ella lo que quería, pero me contuve, quería seguir disfrutando de ella.
Cuando se la sacaba intentaba seguir mi polla con sus labios para continuar con la mamada, pero yo con la mano le indicaba que volviese para atrás.
A los pocos segundos se la volvía a meter y hacía lo mismo hasta que la retiré completamente y le empujé suavemente en los hombros para que se reclinara sobre el sofá. Le abrí las piernas y su precioso coño, enrojecido por el orgasmo quedo al descubierto. Me senté en el suelo frente a su vagina, lo rocé con la yema de los dedos y lo lamí de nuevo por fuera. El grito fue ensordecedor.
Cogí el vibrador y le puse una buena cantidad de lubricante tanto en la parte del dildo como en el estimulador del clítoris. Lo empecé a pasar por su coño y dio un pequeño brinco… supongo que estaba frío, pero pronto se calentó.
Con mi otra mano mientras pasaba de arriba hacia abajo el colsolador, le abrí ligeramente los preciosos labios exteriores de su vagina. Apoyé en la entrada de esta el consolador y empujé suavemente para meterlo. Entró con mucha facilidad y no me lo esperaba.
—Así, perfecto — se me escapó en voz alta.
Cada milímetro que entraba lentamente en su coño, sus jadeos y sus gritos de placer más crecían.
— ¡Qué locura! ¡Que rico está! ¡qué pasada! ¡Métemelo, Andrés! ¡Métemelo en el coño!
Me sorprendieron sus expresiones, pero gracias a ellas me di cuenta que se había dejado llevar completamente liberando su mente a lo que viniera.
En ese momento encendí la vibración del juguete y la puse al máximo. Decidí tener poca compasión y buscar otro orgasmo rápido.
— ¡Qué es esto, por dios! ¡Mi coño no puedes más!
Comencé meter y a sacar el consolador de su entrepierna, primero lento y luego, conforme noté que aguantaba subí el ritmo hasta lo que daba mi brazo y un grito de placer constante llenó todas las paredes de la habitación
El vibrador desaparecía completamente dentro de ella y cada vez que entraba y salía, Ángela se volvía loca de placer, tanto que su lengua estaba fuera de su boca totalmente laxa cayendo un hilo de saliva constante. Sus palabras se tornaron ininteligibles mientras sus caderas no paraban de moverse de forma opuesta a las penetraciones del aquel juguete fálico y vibrante haciendo que las embestidas fuesen más fuertes y completas.
Sus caderas empezaron a subir arqueando toda su espalda mientras volvía esa preciosa frase que salía de entre sus labios
— ¡No puedo, más! ¡Mi coño!
— ¡Córrete para mí! — le susurré.
— ¡Me corro! ¡Ay qué es esto! ¡Qué pasa?
Mientras sus glúteos apretaban toda su cintura hacia arriba, un increíble chorro de corrida salió de su coño impactando contra mi cara. Corriendo abrí la boca y la acerqué a su clítoris mientras no dejaba de penetrarla a máxima intensidad lamiendo a toda velocidad esa perla rosada que sobresalía abultada en la parte superior de su coño.
Con cada torsión de sus caderas, otro chorro salía despedido a mi cara y un grito de desesperación pervertida retumbaba en el salón, pero más aún retumbaba dentro de mi cerebro que intentaba guardar cada segundo de aquel espectáculo tan impresionante que me estaba ofreciendo Ángela.
Sus gemidos se volvieron gritos de placer mientras solo se escuchaban las palabras repetidas una y otra vez: “Mi coño, joder, mi coño. Me corro”
—¡Quítalo! ¡No puedo más!
No quise hacerle aguantar más por ser su primera vez conmigo así, pero si hubiese sido por mí le hubiera seguido masturbando un buen rato más hasta que le doliese cada centímetro de su vagina de puro placer.
— ¡Cabrón! ¡Qué me haces cabrón! — Intentaba disimular sus palabras, pero no podía. Empezó a llorar.
Me senté a su lado y la abracé hasta que se le pasaron los espasmos y cesaron sus lágrimas.
Le desaté las manos y casi sin darle tiempo a recuperarse la puse a cuatro encima del sofá con las rodillas en la parte del asiento y sus manos apoyadas en el respaldo. En esa postura le volví a comer el coño un buen rato hasta que acerqué mi polla y empecé a masturbarla con ella.
—No seas malo. Métemela … ¡ya! ¡Fóllame ya!
Eso hice, se la metí sin delicadez y empecé a penetrarla a un ritmo fuerte, tanto que cuando embestía sonaban mis piernas contra su culo y los ruidos húmedos de su coño iban en aumento.
La agarré de las caderas y seguí penetrándola así un buen rato. Me gustaba esa postura con ella. Su precioso culo redondo y blanco rebotando contra mi polla y mis huevos me parecía una imagen impresionante que quería guardar en mi mente para siempre. Ella se adecuó muy bien al ritmo haciendo que las embestidas fueran más fuertes.
La agarré del pelo y de un brazo y me volví más salvaje.
— Así… me gusta tu polla, niño. Lléname el coño con ella, por favor.
Empecé a notar como mi rabo se iba cargando de leche y estaba a punto de correrme.
Se la saqué y la obligué a sentarse en el sofá mientras yo seguía de pie con mi verga frente a su cara.
Se la volví a meter en la boca. Quería correrme dentro de ella y llenar su lengua con mi leche. Quería que saborease todo lo que había conseguido provocarme, pero en ese momento a mi mente vino la frase de su carta: “HAZME LO QUE QUIERAS”.
Saqué mi polla de su boca, la agarré de las manos indicándole que me pajease frente a su cara y cuando estaba a punto de correrme le quité el antifaz.
Quería que viese mi polla eyaculando sobre ella mientras me pajeaba, que sintiera también todo mi orgasmo como yo había sentido el suyo.
Cuando abrió los ojos le dije:
— Me corro… me voy a correr y quiero que lo veas todo.
Enseguida lo entendió y me pajeó más fuerte y más rápido.
Pensando que apuntaría a sus pechos o a su cuerpo como en mi sueño de la noche anterior hizo una de las cosas que más me gustan: abrió la boca y dejó que todos los chorros de leche que salieron de mi polla cayeran sobre su cara, sobre su pelo y sus hombros, así como en sus labios y boca… y lo saboreó.
Me agarré yo la polla y terminé de pajearme para sacarme hasta la última gota de dentro.
Cuando dejé de correrme ella puso mi polla dentro de su boca y me la siguió lamiendo un buen rato mientras no dejaba de mirarme a la cara y de sonreír. Caí desfallecido. A su lado. Nos abrazamos y la besé.
Pasamos ese fin de semana probando todos y cada uno de los juguetes que le había traído y parece ser que le gustó el regalo porque se los llevó y me comenta que los usa casi a diario.
Lo que más le gustó fue la pala de los azotes la cual probó varias veces ese fin de semana, pero esa ya es otra historia que os contaré ese día.
¿Creéis que Ángela consiguió separar el sexo del amor? Mientras ella quiera seguiremos con intentándolo.















