Como ya os he contado en algún relato anterior, he estado mucho tiempo metido en la comunidad de una iglesia. Sectas a mi forma de ver. Hay gente buena, y gente mala, como en todos los rincones del mundo.
Reconozco que la mayoría de las reglas éticas que promulgan son buenas, como cualquier ética normal y cabal de la sociedad, pero hay puntos, como en la sexualidad, donde dan un paso al infierno, y claro, con 18 o 19 años que te digan que solo puedes follar en el matrimonio y con las hormonas revolucionadas, pues como que no.
Todos teníamos los “picores” propios de la edad. Algunos ya con experiencias vividas (sí, lo digo por mí), otros viviéndolas y otros muchos haciendo caso sobre sexualidad a un sacerdote que, por mucho que dijera que hay que ser cocinero antes que fraile, no se había comido una rosca en su puta vida.
El caso es que, por aquel tiempo, el aquí presente, ya había cogido fama de le gustaba mucho el comer coños y algunas de mis amigas, pues me preguntaban sus dudas pensando que yo lo sabía todo. Nada más lejos de la realidad. Ahora a punto de cumplir 40 sigo apenas sabiendo nada.
Había estado ya con algunas chicas mayores, muy abiertas de mente a la hora de hablar y tener sexo, y gracias a ellas y a sus entrepiernas, pregunté y aprendí.
Quizá mi edad sexual con dieciocho años era la de alguien con veintiocho o treinta y de verdad os prometo que no exagero.
En aquel tiempo mi novia se llamaba Ana. Era pudorosa y al estar conmigo en ese microclima retrógrado, se cortaba a la hora de preguntar o de hacer según qué cosas.
Ana era rubia, con un pelo muy suave y lacio. Largo, muy largo. Sin volumen, pero en cantidad, lo que le hacía un cabello precioso.
Sus labios eran rosas oscuros, y como su piel era blanca como la nieve y sus ojos de un azul hipnótico, pues todo resaltaba más. La palabra era “bella”, era y es bellísima y hasta la fecha de hoy, para mí, es “esa chica que se me escapó”.
Tenía unas curvas que mareaban a cualquiera, era grande, más alta que yo, con unos pechos naturales en los cuales metía mi cabeza y me perdía lamiendo y chupando. Además, los pezones iban en proporción: rosados, grandes y erectos siempre.
Nuestros juegos favoritos eran acariciarnos debajo de la ropa, tocarnos y masturbarnos el uno al otro o uno en frente del otro, rozarnos con la ropa puesta (o no) hasta corrernos. Ver porno a escondidas mientras me hacía una mamada… aunque nunca me dejó correrme en su cara o en su boca… eso que a todos los tíos nos enloquece, aunque yo lo descubrí tarde. Ya os lo contaré porque eso es otra historia.
Me encantaba lamerle el coño, porque aparte de estar delicioso su vello era escaso. Parecía algodón de lo suave que lo tenía.
Me volvía loco.
Además, se mojaba mucho con tan solo llamar a la puerta. Y cuando se corría… ufff… esos han sido los gemidos más calientes que he escuchado nunca. No emitía casi ninguna palabra, mi nombre de vez en cuando, un ahí fugaz o un me corro, cariño en mi oído.
Eso me ponía más caliente que cualquier otra guarrada que me hayan podido decir.
Pero claro, todo esto era precioso, todo era genial. Un chico normal, del montón, enseñando a un bombón a ser mujer. Yo siempre uso la misma analogía para estos casos:
“Uno la cría, para que otro llegue, se lleve las perlas y encima se coma la ostra”
Puede parecer un poco cabrón, pero lo digo como lo siento.
… y eso pasó. Rodrigo se cruzó por medio.
Alto, guapo, cateto de pueblo, pero con dinero, casa, coche y todos los caprichos que quería. Con 39 años que tengo ahora no lo culpo, aunque en su momento lo hubiese matado… pero ahora con un poco más de edad, siendo más adulto y consecuente, estas las cosas pasan, todos los días, a todas horas y en cualquier momento.
Yo estaba dolido, como cualquier chaval de 18 años al que su novia le deja por otro, y encima con dinero. La gente de mi grupo parroquial me apoyaba, porque claro, aquello era radiopatio pero con la maldad de todos los resentidos, impersonales y beatos reprimidos.
Un día, Paco, un amigo que siempre merodeaba por la parroquia, digamos que era una especie de capellán, me invitó a merendar a su casa como una de tantas tardes.
Vimos una película y al rato llegó su hermana, Cristina.
Dios mío, ¿qué había sido de aquella niñita con coletas que siempre quería jugar con nosotros al pilla pilla y siempre acababa llorando porque se caía o le hacíamos daño sin querer? Pues que se había hecho una mujer… y qué mujer.
– Cabrón, no la mires así que es mi hermana.
– No, tío. No la miraba de ninguna manera rara. Solamente pensaba que menudo cambio desde que jugábamos en la calle al pilla pilla con ella. Se ha hecho toda una mujer. – Le contesté medio sinceramente.
–Tiene diecisiete, y tú 18 así que no puedes – Me dijo.
– ¿Cuándo los cumple? – Le pregunté entre risas e intentando poner cara de salido – ¿Eh? ¿Eh?
– ¡Calla, subnormal! ¡Qué es mi hermana! – Y me soltó una colleja bien merecida.
Pasaron los meses y poco a poco todo volvió a la normalidad.
Con Ana seguía hablando de vez en cuando. Es de las pocas exnovias con las que sigo en contacto, porque yo prefiero cortar toda relación una vez dejado el tema.
Ya me conozco.
Ella lo dejó con Rodrigo a las pocas semanas porque por lo visto el tío era machismo y prepotencia pura.
Nos enrollamos un par de veces y echamos unos cuantos polvos… incluso hizo que me corriera en su cara… se veía que quería volver por las armas de mujer que estaba usado, pero yo soy de los que piensan que, si me la haces una vez, me la puedes hacer más veces. Así que le dije que no aun teniendo unas ganas locas de volver con ella. Pero es que “hay que quererse un poco”.
Una tarde que nos vimos en un edificio que la iglesia tenía en otro lugar del pueblo, ya no recuerdo ni por qué, Ana y yo acabamos discutiendo. No a voces ni nada grave, pero bueno, ya se sabe, peleas de enamorados.
El caso es que ella se largó de allí dando un portazo en la sala que nos habíamos metido para hablar y yo me quedé dentro con las lágrimas saltadas sin saber por qué.
Las habitaciones donde se impartía la catequesis eran de unos 20 o 30 metros cuadrados. Había 8 y en cada una se encontraba una mesa grande en el centro, unas 10 o 12 sillas alrededor y un mueble donde se guardaba materiales y libros religiosos.
Desde fuera solamente se podía entrar con llave y pocas personas las tenían, pero a base de compromiso, ahora pienso que fue tiempo perdido, y esfuerzo, me confiaron a mí un juego de estas para poder entrar a mis anchas cuando hiciera falta.
En ese momento el picaporte de la puerta giró y yo estaba llorando como una Magdalena.
Me sequé las lágrimas con las manos y pensé que sería Jaime o algún otro de aquel submundo eclesiástico, como lo era yo en aquel momento, pero no.
La puerta se abrió y apareció Cristina con un top blanco tipo palabra de honor que se ceñía a sus preciosos y grandes pechos. Sus vaqueros más que ajustados resaltaba uno de los culos más perfectos que recuerdo de aquella época. Ella era poseedora de grandes curvas que además se resaltaban muchísimo más con esa cintura blanca. Parecía una mujer perfecta hecha a medida para mí.
– Lo siento, no sabía que estaba aquí. – Dijo – ¿Qué te ocurre?
– Nada, tranquila. Tonterías – Le dije mientras me levantaba de la silla. – Ya me voy. Me apetece irme a casa.
Me dirigí hacia la puerta para salir y cuando pasé por su lado me frené en seco. Alcé la cabeza y uno de los olores más agradables que mi mente recuerda en una mujer entró por mi nariz y me golpeó directamente en el cerebro.
Seguidamente un cosquilleo me bajó por el cuello pasando por la espalda, llegando a las piernas y terminando en los pies.
Todos los vellos de mi cuerpo se pusieron de punta.
– ¡Dios! – La expresión venía al pelo – ¿Qué colonia usas, Cristina? Huele increíble y me encanta.
En ese momento, ella, que siempre que estaba delante de mí miraba al suelo cuando me hablaba, levanto la cabeza y contestó.
– Es Jovan, me la han regalado hace unos días. ¿A que huele bien?
Yo no sé qué cojones se me pasó por la cabeza, ni que chip del cerebro me fundió aquel olor, pero mi respuesta, no pensada y soltada a bulto fue:
-Uffffff, me pone much…
En ese momento me di cuenta lo que había dicho, paré de hablar. Vi que la piel de Cristina, muy pálida por cierto, empezó a cambiar a colores rojos.
La vergüenza inundó su cara.
Yo, por mi parte, no sabía que decir excepto taparme la boca, abriendo los ojos con sorpresa y realmente asombrado de mí mismo, porque no soy una persona del tipo que dicen esas cosas… no sin una confianza previa.
– ¡Perdona, perdona, perdona! No sé lo que digo, lo he dicho sin pens…
Pero en ese momento, ella me cogió la cara con las dos manos y me besó con sus finos labios color de fresa, dejando entrar en mi boca su lengua que me hizo callar al instante.
Igual que no pensé lo que dije anteriormente, esta vez pensé de más.
Puse mis manos en su cintura y la aparté con toda la suavidad que pude. Un pequeño hilo de saliva se quedó entre nuestros labios.
Al abrir sus ojos verde esmeralda se sonrió y cuando lo hacía éstos se entornaban haciéndola más preciosa todavía.
-No puedo. Tienes 17 años. – Le dije sin mirarla a la cara. – Ufff como hueles, Cristina. Me encanta ese olor.
-Mira. – Me dijo con el carnet en la mano. – 18 cumplidos desde hace 3 días. Me regalaron esta colonia en mi cumpleaños y parece que han acertado. Lo curioso es que me la regaló un chico que lleva detrás de mí 2 años. Pero a mí me gustas tú. – Me dijo mientras me acariciaba los labios con sus uñas pintadas de rojo. – Bueno, me pones cachonda… como ibas a decir tú de mi colonia.
Me retiré de ella y en mi cara se quedó un gesto de asombro y estupefacción por esas palabras. Me acerqué a la puerta y la cerré con llave. Apagué las luces y encendí una lamparita que estaba encima de un armario bajo que había en aquella habitación.
Antes de pedirle que me besara había vuelto a juntar sus labios con los míos… y, ¡cómo besaba! Eran besos dulces y preciosos, con la relación justa entre tiempo, saliva y lengua.
Con besos como esos no pude evitar empalmarme en el acto.
Intenté retirar entrepierna abultada de su cuerpo con disimulo, pero con mucha calma, aquella chica tan preciosa y frágil cogió mis manos, las puso en su duro, redondo y perfecto culo para que nuestros cuerpos se juntaran más.
Cuando el bulto de mi pantalón rozó su entrepierna, un suspiro mezcla de alivio y de calentura salió por su nariz mientras metió su dulce lengua en mi boca llenando de su saliva mis labios.
Los contoneos para que el roce fuera mayor iban creciendo y los gemidos y jadeos iban en aumento.
La agarré de la cintura y me di cuenta que era como agarrar un reloj de arena por el centro: Grandes pechos, cintura pequeña, gran culo.
– Qué ganas te tenía. Hace mucho tiempo que me gustas y desde que te escuché hablar con mi hermano en mi casa una vez de lo mujer que me había hecho no puedo parar de pensar en ti. – y en ese momento su fina mano derecha desabrochó el cinturón, la cremallera y el botón de mi pantalón.
– ¿Aquí? – Le pregunté – ¿Quieres hacerlo aquí?
– Sí. Es mi fantasía follarte en la iglesia… desde siempre. – Contestó – Algunas veces me he encerrado en la habitación de las fotos y me he masturbado mirando en las que tú sales. Una vez casi me pillan – Se rio sutilmente.
Y si sabéis qué es un punto de inflexión, este fue el mío. Algo crujió en mi cabeza y le dije.
– Te voy a comer, Cristina. Voy a hacerte todo lo que me de la real y absoluta gana.
En ese instante la levanté y la senté sobre la mesa de la sala. Abrió las piernas para que yo me acercara. Desabroché su pantalón y le quité el top blanco que tenía puesto.
Me retiré un poco para observarla y recordarla así para siempre.
Llevaba un sujetador de encaje rojo que le levantaba sus pechos y los hacían más deliciosos de lo que ya eran. Le descubrí los dos y acerqué mi boca a ellos.
Los lamí lentamente alrededor de los pezones y cuando mi lengua pasaba por encima de ellos, la movía muy rápido para terminar en una gran succión.
No me cabían casi en la boca.
Los masajeé suave pero firmemente, juntándolos y levantándolos para lamer sus dos pezones a la vez.
Ella me acariciaba el pelo.
Sus gemidos iban en aumento y mi polla también, porque en ningún momento ella había dejado de mover las caderas rozándose contra mi polla. Tuve que tener cuidado para que la fricción no fuese más de la cuenta y no acabar la faena yo solo antes de tiempo. Estaba tan tremendamente excitado que podía pasar.
Me quitó la camiseta y me lamió los pezones muy suavemente. Se me pusieron duros y empezó a succionarlos también. En ese momento tuve bajarme los pantalones para aliviar un poco la presión.
– Si te la sacas te la chuparé si quieres – Me dijo con una cara mezcla de inocencia y mezcla de maldad. – Será la primera vez que deje que alguien se corra en mi cara. No es que no haya hecho sexo oral antes, pero nunca he dejado que terminen en mi boca… pero tú, si quieres, puedes hacerlo todas las veces que quieras.
Respiré tranquilo porque me di cuenta que ya había estado con otros hombres antes. No me gusta que una chica no tenga experiencia.
No es que sea ni mejor ni peor.
Por un lado es solo un gusto más y por otro pienso que la virginidad se ha de perder con una persona a la que quieras de verdad.
– Tranquila, ahora viene eso. Pienso hacerlo todas las veces que pueda, pero primero quiero comerte yo, que bastante has esperado según me cuentas.
Me puse de rodillas y mi cara quedó a la altura de su coño. La agarré por la cintura y le di media vuelta. Algo se me clavó en la rodilla. Era un zapato de Cristina que ya se los había quitado.
En ese momento le bajé poco a poco el pantalón vaquero azul claro junto a las braguitas a juego con el sujetador y, el mejor culo que he visto en mi vida, se quedó a la altura de mi boca.
Le besé los glúteos. Se los lamí. Se los succioné, apreté y mordí moderadamente. Los separé e incluso le lamí por detrás.
Se le escapó un gemido mientras se tapaba la boca.
– Ufff eso ha sido raro. Pero me ha gustado mucho. Sigue un poco más.
Le empujé suavemente contra la mesa de modo que su cuerpo quedó doblado por la cintura, quedando sus voluptuosos pechos contra la madera y sus largas y tersas piernas, abiertas, apoyadas en el suelo. Cogió sus glúteos con sus manos y se abrió el culo.
Su hermoso coño desprendió un aroma dulzón.
Se veía mojado y a mi comer y lamer desde esa postura me encantaba. Sus labios eran gorditos, pero se podía ver si clítoris hinchado. Pensé que ya llegaría ahí.
Puse mi boca en su coño y mi nariz conseguía captar todos sus aromas. Toda su entrepierna olía a limpio, a jabón y toda la habitación estaba impregnada de su colonia Jovan.
Ella se abría cada vez más el culo, así que pensé: “¿Por qué no?” y esa fue la primera vez que realicé un beso negro a una chica.
La lamí, la penetré con mi lengua tanto en su coño como en su culo… y curiosamente gemía más cuando mi lengua saboreaba por dentro su agujero trasero.
Casi sin darme cuenta me había empezado a masturbar mientras lamía a Cristina. Es una cosa que siempre me ha gustado hacer: Pajearme mientras me como un coño. Una vez incluso llegué a correrme dos veces mientras lo hacía.
A los pocos minutos, con una mano se abrió más las nalgas de su blanco culo, mientras con la otra me agarraba del pelo obligándome a apretar toda mi cara contra toda su entrepierna.
Sus jadeos iban en aumento al igual que lo entrecortado de su respiración.
– Ya viene. Me voy a correr, cariño. Sigue lamiéndome así por favor. Me quiero correr con tu lengua. – Me gritaba – Ya viene, me corro, me corro por dios. Sí, sí, ¡ASÍ! En toda tu boca nene.
No tuvo un squirt propiamente dicho, pero muchos fluidos salían de su coño delicioso:
– Quítate que no te manche. – Me dijo con cara de vergüenza mientras gritaba y jadeaba.
Yo en vez de eso me relamí los labios y comencé a beberme todo lo que de allí salía. Su flujo tenía un sabor ácido, pero estaba delicioso. Seguí lamiendo y limpiado hasta que su entrepierna quedó medianamente decente.
– Uffff. No puedo parar de temblar. – Me dijo – Nunca lo me habían comido desde atrás. ¡Qué pasada!
– No he terminado. – Le contesté mientras la levantaba dándole la vuelta y volviéndola a tumbar en la mesa. Ahora tocaba boca arriba. – Quiero seguir comiéndote.
Sin decirle nada, Cristina abrió las piernas que hasta yo me quedé asombrado. Luego recordé que estaba apuntada a clases de baile y demostró la gran elasticidad cuando abrió sus extremidades casi ciento ochenta grados.
A mí eso me puso más cachondo aun si se podía, porque mi polla ya palpitaba de tanta excitación. Además, en esa postura sus redondos glúteos parecían algo más grandes al igual que su cintura más pequeña.
Estaba preciosa así.
Me encantaba.
Me enamoraba.
Su coño quedó perfectamente a la vista y muy abierto. Sus labios exteriores se volvieron más gruesos y estaban juntos. Me lo iba a pasar genial dándoles pequeños mordisquitos.
Entre la leve separación de sus hinchado Monte de Venús asomaban sutilmente los dos labios internos, como una lengua que relame los labios de una boca preciosa. Y en la parte superior aparecía ese botón mágico que a todos nos gusta, su clítoris, erecto y grande además de rosado.
– ¿Vas a lamerlo ya hasta que me corra y grite o te vas a tirar todo el día mirándolo? – Me dijo con la voz entrecortada mientras ponía su mano derecha en mi cabeza y me acariciaba el pelo.
– Estaría infinitamente comiéndotelo – Le contesté mientras apoyaba mi mano en su ingle para abrírselo un poco. – Quiero disfrutarlo, que no todos los días un se come un coño tan bonito como este.
Acerqué mi cara del todo a su entrepierna y ella, al notar mi respiración sobre su clítoris, se estremeció, suspiró y dejó salir un gemido.
– Mmmmm que ganas tenía de que me lo comieras, cariño. Ya me habían dicho que lo comías muy bien y desde entonces lo estaba deseando. Has cogido famita entre las chicas de la iglesia.
– ¡¿Qué?! – Exclamé mientras me levantaba y la seguía acariciando con la mano.
– ¡Ni se te ocurra levantarte! ¡Te mato, vamos! De ahí no te quitas hasta que me vuelva a correr.
– Vale, pero cuando lo hagas tienes que gritar… Y luego me vas a explicar a mi qué es eso de que he cogido famita.
Volví a arrodillarme y esta vez no me anduve con tonterías ni juegos previos. Su coño volvía a estar húmedo y me tocaba comérselo.
Le pasé mi lengua la primera vez, lentamente, desde abajo hasta arriba. Cuando iba llegando a la zona del clítoris la apretaba más fuerte contra él. Así estuve un buen rato, y siempre subía la presión y la intensidad. Ella gemía con cada lamida que le regalaba.
Después, cuando ya noté que sus fluidos rebosaban de su vagina, abrí la boca y abarqué lo que dio de sí, metiéndome casi todo su coño entre mis labios mientras lo succionaba con fuerza, igual que cuando se chupa un polo de limón.
Al hacerlo poco a poco sus labios vaginales se iban escapando de mi boca hasta quedar solamente en ella su clítoris que se había puesto enorme. Así que hice al principio lo succioné un buen rato y cuando noté que Cristina empezó a temblar, me dediqué a besarla con un “beso francés” pero en su coño.
Su respiración se aceleró, así que acerqué dos dedos a la entrada de su vagina, los mojé con sus propios flujos y los introduje lentamente haciendo que gritara.
– ¡Oh, dios! Eso ha sido una pasada.
– Pues si eso te ha gustado… prepárate. Te voy a follar con los dedos.
Empecé a penetrarla con dos mientras mi boca seguía succionando y lamiendo dónde ella quería. Primero flojo, despacito, sin pausa.
Poco a poco fui subiendo el ritmo y el ruido húmedo, al igual que la lubricación excesiva que mojaba ya prácticamente toda mi cara, me indicaron que se podía introducir un dedo más.
Así fue.
Con tres dedos dentro de ella entrando y saliendo a un ritmo frenético, las piernas abiertísimas, su clítoris succionado con todas mis fuerzas por mi boca y mi respiración entrecortada solo pudo pasar una cosa:
– Cariño. ¡Cariño! ¡CARIÑO! Me voy a correr. Me corro cabrón. Me corrooooo.
– En mi boca. Échamelo todo en la boca, Cristina. Quiero todo lo que me des… en mi cara. – Le grité – ¡Vamos!.
Fue decirle esas palabras, que sinceramente se me escaparon sin querer y correrse a chorros como una fuente recién abierta.
Surgieron varios chorros de fluidos que salieron disparados contra mi cara mientras ella se retorcía de placer y decía frases obscenas entre cortadas.
Cada chorro de satisfacción que salía de su coño venía acompañado de una convulsión que le hacía contorsionarse además de conseguir que sus preciosos pechos botasen con esa voluptuosidad tan sexy.
– ¡Cómetelo! ¡Bebe! ¡Bebe cabrón! – Gritó mientras me forzaba a apretar más mi boca contra su entrepierna agarrándome del pelo.
Y en ese momento me di cuenta que una de las expresiones que más me gusta que me digan en la cama es Cómetelo y Bébetelo cuando se están corriendo en mi cara.
Las convulsiones y los chorros pararon poco a poco, pero yo tenía que limpiarle ese precioso coñito rosado ahora empapadísimo. Así que retiré mi lengua de su clítoris, saqué mis dedos de su interior, chupando los restos que había en ellos y empecé a lamer y a recoger todo lo que Cristina había soltado para mí.
Limpié sus ingles, su monte de venus, su culo y sus glúteos y cada vez que mi lengua lavaba, se estremecía, saliendo un ahh o un uff de su boca.
Me sequé la cara y el cuello lo mejor que pude con un pañuelo de papel.
Ella me miraba y no se podía mover de la mesa, aunque sus piernas ya estaban cerradas.
– Nunca me había corrido con tal cantidad de fluidos. – Me dijo mientras me besaba y nos abrazábamos tumbados en la mesa, aun desnudos. – Gracias.
– Jamás des las gracias por un orgasmo. – Me reí. – Por mi puedes hacerlo las veces que quieras y mi cara y mi boca estarán preparadas para ti.
Me volvió a dar un largo beso mientras acariciaba mi cara. Me miró a con eso ojos achinados que se le ponían cuando sonreía (también cuando se corría).
En ese momento me di cuenta que su mano estaba en mi polla, aun en erección y me pajeaba suavemente con sus manos blancas mojadas en su saliva.
Se incorporó e hizo que me sentara en el borde de la mesa.
Se arrodilló delante de mí e introdujo mi polla en su boca mientras me masajeaba los huevos. Una mamada preciosa me dio y me corrí muy pronto, sin compasión, en su boca y en sus grandes pechos. Con esa cara tan preciosa, ¿Qué se podía esperar?














