Ella me curó de mi enfermedad, de mi inseguridad. Me sacó de mi periodo de sequía física, placentera y mental del que, para nada, estaba por salir por mi propio pie. Pero, ¿A quién no le viene bien que le ayuden?
Dando mis primeros pasos por el submundo del sexo en Twitter, vi una foto de la cual pensé que sería de alguna web erótica o pornográfica.
Pero no.
Apareció ella.
Rubia, impactante e infartante. Unos ojos azules que hacían no querer mirar a otra parte de su cuerpo y que, una vez superados, te hacían querer verlos de nuevo una y otra vez.
Si podías bajar la mirada encontrabas unos labios rojos, carnosos, con unos dientes perfectos y una sonrisa sincera y amplia que mostraban su verdadera vida.
Cuando sonreía la temperatura del planeta subía unos cuantos grados.
Su cuello incitaba a morderlo y a lamerlo, con una piel suave, delicada y tersa la cual nunca te cansabas de rozar con los labios, dejando deslizar tu saliva por cada curva de sus hombros o sus caderas.
¿Y sus tetas? ¡Enormes! Gigantes montañas redondas perfectas que solo me permitían enterrar mis cabezas en ellas. Solo quería rozarme con esa piel tan suave que llenaban de sensaciones todas las partes de mi cuerpo. Me encantaba que nos sentáramos uno abrazado al otro, ella delante de mí y yo detrás. Masturbarla con una mano y con la otra pellizcarle esos pezones que le hacían gemir y gritar más de lo normal gracias a sus piercings.
Sus manos eran perfectas y que realizara actos onanistas en mí o en ella, me volvía loco. Parecía que mi polla estaba hecha para ellas, y cuando se la metía en la boca mientras me acariciaba por debajo, casi me hacía que perder el conocimiento de tanto placer.
Más abajo, su cintura y sus caderas llenas de curvas.
Si me encantaba verla tumbada boca arriba con las piernas abiertas, más me gustaba verla a cuatro con el culo bien levantado y las piernas juntas. Entre ellas asomaba su delicioso coño, con un clítoris que me encantaba lamer para hacer que se retorciese de placer.
Sus piernas acompañaban a sus curvas. Las mejores pantorrillas en una chica y unos tobillos bien esbeltos que hacían un conjunto perfecto de toda ella.
Me habló por privado. Quería contestarme a un comentario que hice de su foto, dedicada a otro, por cierto. Parece que le gustaron mis palabras, y al decirle que era malagueño admitió que le ponían mucho los de mi tierra y que quería seguir manteniendo contacto.
Intimamos: Confidencias, conversaciones muy calientes, sexo telefónico hablado, gemido.
Fotos y vídeos que empezaron picantes y acabaron siendo lava pura en las ondas de WIFI derritiendo antenas y señales.
Grabaciones de audio donde los placeres y tabúes más primarios crecieron y se normalizaron.
…y vino a mi casa.
Yo muy cortado y reacio por falta de práctica y ella muy caliente simplemente porque lo era.
Hormonas ardientes.
En mi sofá se recostaba junto a mí, buscando un poco de placer que yo no le daba como ella quería, por miedo a fallar en la vuelta al juego del sexo… hasta que se desnudó y mi mente se quedó en blanco.
Me reinicié.
Cuando salí de mi asombro yo estaba sentado. Su tanga estaba en mi entrepierna, enredado en mi polla. Ella boca arriba con las piernas abiertas, su cabeza recostada sobre las mías… y en su coño mi mano penetrado por cuatro dedos a un ritmo brutal.
El puño le entró por completo y sus caderas no paraban de moverse, de entrar y salir.
Chorreaba y gemía pidiendo más. Salían improperios desde el fondo de su mente. Sucios, muy sucios y lascivos.
Increíble.
Se levantó, cogió mi polla como si cogiera mi mano, me llevó al bode de la cama, me tumbó y, a causa de tanto secreto contado y susurrado, me regaló todo lo que yo quería.
Se sentó sobre mi cara, poniendo su chorreante entrepierna en mi boca, pidiéndome con la respiración entrecortada que sacara más la lengua para follármela y correrse sobre mí.
Mojado, húmedo, delicioso y perfecto era su coño depilado.
Sus movimientos empezaron suaves, de arriba hacia abajo, cambiando a una velocidad frenética a los pocos minutos, donde conseguía rozarse con toda mi cara.
Todo yo olía a ella. Todo yo sabía a ella y estaba a punto de desmayarme de placer… hasta que violentas convulsiones comenzaron desde su pelo hasta sus pies mientras obscenidades ininteligibles emanaban de su boca, dejando volar sus deseos desde su mente hasta su lengua, donde los reproducía tan alta y claramente que incluso los demonios más sucios de la realidad tenían que taparse los oídos escandalizados.
Cuando mi rostro asombrado, sonriente e incrédulo quedó empapado de lo que yo más quería, se retiró lentamente y me beso en los labios dulcemente, pasando su lengua ardiente por toda mi piel. Ella también quería su parte de ella.
Mis movimientos eran inertes, me había dejado inmóvil, traspasándome el placer de sus labios a los míos.
Lo sabía todo sobre mí, todos mis deseos y fantasías, todo aquello que me volvía loco y todo aquello a lo que no me podía resistir.
Ahora te toca a ti y ya sabes lo que va a pasar.
De rodillas frente a ella, mientras se masturbaba con un gran dildo de color lila que casi no cabía en su coño, se metía mi polla en la boca, succionándola con muchas ganas, tantas que casi se me entumecía.
Pretendía sujetar su cabeza con mis manos para ayudarle, pero su ritmo era tan trepidante que no necesitaba marcar pautas, y cuando ese líquido de placer quiso salir a borbotones, la masturbó con la mano impregnada de sus fluidos. Lentamente. Con movimientos muy cortos. Con tanta suavidad lo hacía que no salía nada, solo se acumulaba más y más leche, tanta, que hubo un momento en que se derramó sin fuerza, pero en una décima de segundo, chorros interminables de líquido caliente y blanco cayeron sobre su cara mientras esos ojos azules pedían más.
Mientras yo gritaba su nombre, mucho más salía de mi polla.
Por su cara resbalaban abundantes ríos de esperma. Algunos acababan en su boca y otros por su piel.
Pero su acto final fue el mejor: mientras ella tenía su segundo orgasmo, aun con mi miembro en su mano, el esperma que le dediqué en su cara lo arrastro hasta su boca, bebiéndose hasta la última gota y gimiendo eróticamente cada vez que el néctar blanco resbalaba por su garganta.
Y esa fue la primera vez que me corrí en la cara de la chica del Twitter. Hubo más. Quizá un día os cuente.
Siempre será mi salvadora, y eternamente le estaré agradecido.















