Hacía mucho tiempo que estaba retirado de las relaciones y el sexo, mucho desde que no intimaba con una mujer y mucho desde que no sentía el placer de un orgasmo con otra persona.
Las vanidades de la vida y de las relaciones interpersonales me habían producido una desgana importante y no me apetecía quedar con nadie. Me daba mucha pereza todo lo social, todo lo que tuviera que ver con dedicar tiempo a relacionarme y menos para tener sexo.
Perfectamente podría haber quedado con mujeres solo para follar, pero la verdad es que eso me apetecía menos aún… no porque no me apeteciera tener sexo, sino porque me parecía ya algo frívolo y vacío… y tampoco es que tuviera ganas de estar en una relación estable, simplemente que TODO ME DABA PEREZA, pero, como siempre me ha pasado en estos casos, con quien menos lo esperaba todo cambiaba de repente.
Ester era una muchacha que conocía desde hacía mucho. Era la hermana de mi mejor amiga de toda la vida.
Siempre le tuve un cariño especial por su forma de ser. Era un tanto infantil a la hora de comportarse y vivía, en muchas ocasiones, en su mundo de fantasía donde todo era perfecto. Ese tipo de personas del que piensas con un toque de condescendencia “Ay, cariño… no te queda nada que aprender…”
Cuando se fue a vivir con su pareja, Leandro, estuvieron muy bien al principio, pero como suele pasar bastantes veces, la convivencia del día a día les pudo y al final terminaron dejándolo.
Ester y yo quedamos, como siempre, en nuestra cafetería favorita para desayunar. Sabía que me iba a tocar escuchar una conversación basada en su ruptura (aunque ya hubiéramos hablado previamente varias veces sobre ella) pero la verdad es que no me importaba volver a oír lo mismo porque es mi amiga y la quiero.
—De verdad que no entiendo ese cambio tan radical.
—Mira Ester… no todo el mundo está hecho para vivir en pareja, ni todo el mundo quiere. Yo a Leandro lo veía fuera de lugar cuando decidisteis iros a vivir juntos… no lo estoy defendiendo y no digo que lo haya hecho bien, solo digo que quizá cuando probó esa vida, se dio cuenta que no era lo suyo…
—¿Crees que me dejó de querer? —me preguntó mientras comía un trozo de tarta de coco y mango.
—No, creo que te quería y te quiere mucho… realmente demasiado y que fue honesto al no querer vivir contigo si no se sentía preparado. No quería engañarte al sentir podía darte lo que tú querías.
—¿Dices lo que piensas de él o hablas por experiencia?
—Supongo que un poco de todo… —dije agachando la mirada—. Quizás más por mí.
Ester me miró con los ojos vidriosos y con ternura mientras me acariciaba la mano que tenía encima de la mesa. Cogí su mano con la mía y la acaricié con el dedo pulgar con mucho cariño.
—Eres un amor, Andrés. No sé cómo no tienes pareja a la que darle todo eso que tienes dentro y cuidarla como a ti te gusta hacerlo.
—Es todo muy complicado ahora… tengo 42 años y me parece como que estoy fuera del mundo.
—¡Cuídame a mí! A lo mejor soy la mujer de tu vida y no te has dado cuenta.
—¡JA! —exclamé más fuerte de lo que esperaba.
—¿“Ja” qué, gilipollas? —Ester frunció el ceño.
—Nada nada… —dije casi asustado al notar su tono de enfado repentino.
—¡NO! Nada nada, no. Ahora explícate —me exigió dándome una patada por debajo de la mesa mientras esbozaba una sonrisa mezclada con molestia.
—Anda capullita… no fastidies… ¿De verdad crees que seríamos compatibles? Yo creo que no… bueno, que no, no. Creo que necesitaríamos muuuucho trabajo para llegar a tener un equilibrio en lo sentimental y en la convivencia…
—Sí, pero eso no lo veo imposible si se propone y se trabaja correctamente. Creo que vivir contigo no sería difícil
—Yo también lo pienso… pero bueno, creo que habría cosas que serían verdaderos retos… e incluso insalvables y que no quedarían más remedio que aceptarlos como son.
—¿A qué te refieres, niñato? —me preguntó Ester mientras yo bebía un sorbo de café. Yo era 10 años mayor que ella.
—Pues me refiero por ejemplo… al sexo.
Un silencio incómodo de unos pocos segundos se impuso entre nosotros dos mientras nos mirábamos. Una ligera sonrisa se esbozó en la comisura de sus labios rosas.
—¡El sexo? —exclamó mientras yo miraba alrededor casi avergonzado al parecerme que lo había dicho demasiado fuerte — ¡Pero si yo follo muy bien! ¿O es que sabes algo que no me has dicho sobre mí?
Muchas veces habíamos hablado de sexo y la conclusión que yo tenía sobre ella era que tenía un punto de mojigatería con pensamientos demasiado clásicos sobre el mismo.
Ella era una persona profundamente religiosa, que participaba activamente en su comunidad eclesiástica, iba a retiros espirituales de su parroquia y, además, para qué mentir, vestía siempre de una forma muy clásica y recatada.
Quizá su estética de vestir, sus creencias y su forma tan dulce de hablar y de tratar a las personas había hecho hacerme una idea equivocada, e incluso contraria de su forma de vivir el sexo. Es verdad que alguna vez pensé que detrás de esas ideas preconcebidas sobre ella quizás era una verdadera salvaje sexual para equilibrar su vida… pero lo descarté con el tiempo.
—El sexo…. El sexo dice el muy cabr… —repetía mirando hacia el plato ya vacío de tarta—. Pues yo soy muy buena follando y muy espabilada en la cama.
—No lo pienso rebatir… sobre todo si es durmiendo —intenté fastidiarla con el comentario—. Pero con lo que te conozco a ti y lo que me conozco yo…. Sigo pensando que no seríamos compatibles… pero claro, esto es suponer… ¿Otro trozo de tarta? —pregunté para variar de tema porque me estaba empezando a incomodar.
—No, no… ya estoy llena… nos tomamos el café y nos vamos.
—¿Quieres que pasemos el día los dos juntos? Podemos ir a dar un paseo por Estepona que hoy hay mercadillo de segunda mano… lo ponen todos los domingos… y luego comer por allí o ir a Torreguadiaro.
—No puedo… tengo que ir a follarme a tres amigos a la vez —casi tiro la taza de café al escuchar esto y mirarla de frente. ¿A qué había venido eso? —. Jajajaja ¡Mira qué cara se te ha quedado!
—Joder Ester, ¿qué esperabas?
—No, ahora en serio. He quedado para comer con mis primos y mis sobrinas. Hoy no puedo.
—Vale, no te preocupes. ¿Nos vamos?
Ester y yo nos dirigimos a mi coche para volver a Málaga y dejarla en su casa.
Mientras caminábamos hacia él no pude mirarla un par de veces y escuchar en mi cabeza casi como un eco “tengo que ir a follarme a tres amigos”… ¿Sería capaz de hacerlo? ¿Lo habría hecho alguna vez? “No”, pensé radicalmente “… le ha sentado mal lo que le he dicho y lo habrá hecho a modo de broma o por joder”
—¿En qué piensas Andresillo? —era la única que me llamaba así— ¿En lo de “follarme a tres amigos”?
—Sí… ¡DIGO, NO!… bueno… ¡Qué me dejes! —me pilló fuera de juego mientras ponía música en el Spoti.
Ester se recostó un poco en el asiento y ya estábamos entrando en la autovía. No podía correr mucho, ni a los 120 kilómetros por hora que marcaba el límite, porque a ella no le gustaba.
Mientras yo seguía conduciendo noté como sus ojos me miraban… y sin despegar la vista de la carretera le pregunté:
—¿Qué? —sonreí.
—Que piensas que soy una sosa y una mojigata.
—Sabes de sobra que no… bueno, si te comparas conmigo, un poco lo eres.
—Las comparaciones son…—dio un suspiro tan intenso que hasta incluso lo noté en mi cara— … odiosas… joder….
Miré porque no entendía esos suspiros y ese temblor de sus voz y cuál fue mi sorpresa cuando la vi con la falda bastante subida y su mano metida en la entrepierna. Se intuía debajo de su ropa por los movimientos suaves y acompasados mientras se escuchaban algunos suspiros un poco más fuertes.
—¿Qué haces? —dije con un tono serio.
—Demostrarte que las ideas que tienes de mí… ¡Joder que bien!… no son correctas.
—No necesitas demostrar nada… esto no está bien…
—¡Me importa una mierda si está bien o no! Ahora vas a ver como lo hago, vas a oír como gimo y vas a sentir como me corro en tu coche… a tu lados… mientras miras… y te vas a joder y te vas a aguantar.
—Ester…
—¡Que te calles!… y lo disfrutes…
—Como quieras… —le dije agachando la cabeza mientras notaba como mi polla ya crecía en el pantalón—. Súbete más la falda que no veo bien… y quiero verlo bien.
Ester sonrío y poco a poco hizo que su falda subiera del todo y la apartó a un lado para que no molestara.
Su mano estaba dentro de sus bragas y yo intuía como se movía en movimiento circulares que crecían en intensidad y luego volvían a bajar.
Notaba como ella me miraba y de vez en cuando subía mi mirada hasta sus ojos y le sonreía mientras movía mi cabeza arriba y abajo a modo de asentimiento.
—Sigo sin verlo todo… quítate esas bragas.
—Te voy a mojar el asiento…
—¡Que te las quites! —le exigí tajante.
Con la otra mano Ester me acarició la cabeza y el cuello mientras se quitaba las bragas como podía. Su coño delicado, ahora rojizo por el calor y el roce quedó totalmente al descubierto.
Enseguida volvió masturbarse esta vez metiendo dos de sus dedos lentamente dentro de su vagina dejando escuchar un ruido húmdo.
—Ummm… como me gusta masturbarme… mira… ¿te gusta mi coñito?
—Mucho… pero dos cosas más: Primero: quiero ver tus tetas también.
Con la mano que le quedaba libre se desabrochó los botones de la blusa y la abrió dejando ver sus pechos firmes. Se notaban sus pezones erizados de la excitación y Ester los acariciaba y pellizcaba suavemente.
—Ufff… mira como estoy —bajó el sujetador y dejó al aire sus preciosos pechos con los que seguía jugando, rozando con sus uñas cada pezñón que se notaba más duro cada vez—. ¿Y la segunda cosa?
—Sácate los dedos del coño y métemelos en la boca… quiero probarte.
La cara de Ester cambió por completo quedándose en sus ojos y en su boca una expresión de asombro y estupor que no se creía.
—¿Cómo?
—Que impregnes bien los dedos de ti y de tu coño y me los metas en la boca… quiero saber a qué sabe tu coño. ¿No decías que no eras mojigata? Quiero saborearte.
Los dedos de Ester empezaron a entrar y a salir de su coño mucho más rápido que antes y los sonidos húmedos ahora eran acuosos.
—¡Qué cabrón! Así que quieres saber cuál es mi sabor… toma… come.
Enseguida Ester metió sus dedos empapados de ella en mi boca y mi lengua empezó a jugar con ellos.
Ese sabor ácido y delicioso que llevaba tanto tiempo sin probar hizo que algo se activara en mi cabeza y en mi pantalón, algo así como cuando una persona con amnesia recuerda todo de golpe al oír una palabra o al ver algo concreto.
—¿Estoy buena? —preguntó mientras volvía a meterse los dedos para seguir masturbándose con más ahínco.
—Deliciosa… sigue.
Mientras le exigía que siguiera follándose con los dedos mi polla ya pedía salir del pantalón. Me desabroché la cremallera y con cuidado de no perder de vista la carretera y a Ester, me saqué la polla y empecé a masturbarme yo también.
—¿Qué? ¿Sentías envidia y querías correrte tú también?
—Calla y sigue… hazlo más fuerte.
—Lo que tu quieras cariño.
Ester subió aún más la intensidad de penetración ahora con tres dedos y con la otra mano empezó a frotarse el clítoris haciendo círculos amplios y rápidos.
—Así me gusta… me encanta como gimes.
—Gimo para ti, Andrés. No veas como me estoy poniendo con las órdenes que me das… no creo que tarde mucho en correrme.
—Puedes correrte cuando quieras, pero cuando lo vayas a hacer me lo dices…
—Pues estoy a punto de hacerlo… no puedo…. ¡AY! aguantar más… —gritó jadeando mientras aceleraba el ritmo.
Ester elevó sus caderas del asiento dejando ver su coño completamente empapado y siendo penetrado por sus tres dedos.
Se veía como sus fluidos resbalaban por sus muslos hasta mojar el asiento del coche.
Yo subí el ritmo de la paja que me estaba haciendo a ver si podía correrme a la vez que ella pero sabía que no iba a poder… aún no me había pajeado lo suficiente.
—Dime que te corres… grítalo.
—¡Me corro, Andrés! ¡ME CORRO!
—Grita más fuerte —exigí.
—¡HOSTIAS! Mira, mira cómo me corro… Mírame… por favor… ¡YA!
—Así, zorrita… hazlo ahora
Un “SÍ” interminable acompañado de jadeos, suspiros y movimientos convulsos de su entrepierna hicieron del momento algo perfecto.
Ester, que alternaba su mirada entre mis ojos y mi polla, se corría casi a cámara lenta y yo escuchaba sus gritos y expresiones con una tranquilidad que no concordaba con la velocidad de mi mano subiendo y bajando en mi polla.
Justo cuando los gemidos de Ester iban desapareciendo y sus caderas volvían a apoyarse en el asiento, se sacó los dedos del coño y me los enseño muy cerca de la cara.
—Mira, ¿quieres? —me dijo ofreciéndomelos a modo de ofrenda.
Abrí la boca y mientras me seguía pajeando los lamí y los saboreé hasta que ese sabor tan delicioso se quedó en mi boca en vez de en sus dedos.
—Estás jodidamente perfecta. Tu coño es un puto manjar.
Se rio.
—Para donde puedas… necesito comerte la polla y que te corras en mi boca. Ahora me toca averiguar que sabes tú… y creo que, por la forma en la que te has estado pajeando, voy a tardar poco en averiguarlo. A ver cuánto duras sin correrte, “mojigato”















